Leah – 53 años

Esta es mi historia

Nací en Tarrasa (Barcelona) el 23 de febrero de 1961. Mi nombre es Leah. Nací en el seno de una familia judía no tradicional, mi padre se negó a seguir ningún dictado que me denegara el derecho a pensar libremente, ya que él estuvo prisionero en un campo de exterminio nazi. Su fuerza interior le ayudó a soportar y sobrevivir los años que estuvo encerrado en aquel mar de muerte. Después, cuando retorno a Francia de donde era oriundo, descubrió que toda su familia había desaparecido, por lo que decidió viajar a España y afincarse en Barcelona. Allí conoció a mi madre, con la que contrajo matrimonio bajo las leyes judías que en ese momento no eran reconocidas en España.

Os cuento todo esto, porque siempre he creído que en el pasado de mi padre estuvo el poder de mantenerme viva y ayudarme a luchar.

Ahora mismo soy una mujer de un metro cincuenta y peso cuarenta y cinco kilos, llevo gafas desde los 5 años. En esa época, como mucho mediría un metro treinta y pesaría treinta y cinco o cuarenta kilos. Doy estos datos para que no creáis que soy alguien realmente muy grande físicamente y dado la historia, creo que corresponde.

Al ser una niña judía que crecía en una sociedad en la que era obligatorio ser católico, hizo de mí alguien muy introvertida, tanto que realmente no tenía amig@s. Reconozco y siempre lo he hecho, que mi carácter no ayudó a que mi vida fuera más fácil. Desde muy joven fui terca, cabezona, rebelde y decidida, muy pocos eran los que podían llegar hasta a mí y que les escuchara. Mi padre era uno de los pocos que conseguían entender lo que estaba pasando en mi interior. Pero a los 12 años mis padres se mataron en un accidente de coche, dejándome huérfana y sin familia, ya que había sido hija única. Por esa razón fui internada en un centro de menores, por supuesto regido por monjas.

Aquí quiero aclarar un punto que me parece necesario. Corría el año 1972 en España. El tribunal de menores era el que se hacía cargo de los infantes que, como yo, se habían quedado sin familia. Los lugares de internamiento no eran colegios, sino centros de reclusión infantil. Cualquier parecido con un colegio era una ilusión, ya que a esos lugares llegaban desde los menores que tenían la desgracia de quedarse sin padres, hasta los niños que eran detenidos como delincuentes. Explico esto porque creo que es necesario que se entienda que estaba lejos de ser un lugar agradable ni adecuado para un niño.

El recuerdo más vívido de mi llegada al centro, fue mi primer encuentro con la madre superiora. Está me arranco la estrella de David que llevaba colgada, diciéndome: Que en aquel santo lugar no se podía mostrar esa herejía.

En mi fuero interior juré que me vengaría y un año y medio más tarde, ocurrió. Curiosamente no por lo que me había hecho al despojarme de una de mis pocas pertenencias cuando llegué, sino por mi tendencia sexual o, mejor debería decir, por una compañera.

El lugar era un hervidero donde había niñas muy buenas y otras que eran verdaderas alimañas. Pero estaba acostumbrada a luchar por cada trozo de mi privacidad, así que no me costó mucho trabajo sobrevivir en aquel ambiente tan hostil.

Pasaría un año y medio más o menos, hasta que mi sexualidad comenzó a despertar. Como fui una persona muy introvertida, mi vida transcurría en mi mundo interior, que no tenía nada que ver con mi entorno. Nunca permití a ninguna de las demás niñas con las que convivía que se acercara demasiado a mí. En esa época no porque sintiera atracción hacia ellas, sino porque realmente no quería vivir en el lugar en que estaba.

Un día pareció una niña un poco mayor que yo, tendría 15 años, su familia pasaba por momentos duros y tuvo que dejarla al cuidado de aquellas “delicadas” manos. Pero a diferencia de mí, ella era gordita y fuerte, lo que le ganó instantáneamente la fama de ser lesbiana (digo lesbiana en lugar de tortillera, porque realmente odio esa palabra).

No recuerdo bien qué pasó para que me sintiera atraída hacia ella, quizás porque dentro de su fuerza, intuía que era mucho más vulnerable de lo que yo era. Al fin y al cabo, llevaba años luchando por ser yo misma sin ceder un solo centímetro. Como todo en mi vida, mi despertar sexual tampoco fue pacífico. Mi amistad con ella (de la que no diré su nombre ya que es su intimidad) fue creciendo y las habladurías que siempre me habían sido indiferentes, ahora comenzaron hacer mella en mi interior. No porque me importara lo que dijeran de mí, sino porque a mi amiga le hacían daño. Las peleas físicas se multiplicaron, los castigos también, pero no me hicieron cambiar de actitud. Cualquier insulto, o ataque físico o verbal, era automáticamente contestado por mi parte.

La idílica amistad no podía durar para siempre, estaba condenada desde el principio, pero la adolescencia es la edad en la que creer que todo es posible. Allí no existía más que una dictadura y las niñas se vendían mutuamente por pequeños caramelos.

Así fue como una tarde de primavera nos descubrieron besándonos. El castigo fue inmediato. Nos llevaron delante de la madre superiora y esta decidió que debíamos recibir un castigo ejemplar a nuestra “abominación”. Lo soporté como todo lo demás, sin palabras ni lágrimas, ya estaba acostumbrada a sus golpes; pero no fue lo mismo cuando la monja cargo contra mi amiga. Simplemente no podía permitirlo, levanté la silla de madera dura que estaba a mi lado y la estrellé contra su cabeza, dejándola inconsciente en el suelo. Dos monjas entraron al escuchar el estrepito de la pelea y tuvieron que emplear toda su fuerza para poder detenerme.

La euforia de la pelea paso rápido dejándome deprimida, con la desesperanza de una adolescente. Pensé que mi vida no podía ir más abajo ni podía ser peor, no veía sentido ni forma de escapar de aquel maldito lugar. En el momento más oscuro de aquellos días, recordé algo que mi padre siempre me dijo y que nunca pude olvidar: Por mal que te pueda ir la vida, no te suicides, solo les dejarás ganar y tú perderás todo.

En ese instante decidí luchar por mi derecho a ser yo misma, por mi derecho a vivir. Y aposté por mi vida.

Pasé un mes en el cuarto de castigo. Cuando salí, mi amiga había sido devuelta con su familia, o eso me dijeron, por lo tanto, la perdí para siempre y fue lo único del castigo que me dolió realmente. El día en que supe que no volvería a ver nunca más a mi amiga, juré que me escaparía y que conseguiría llegar a Francia, donde estaba la embajada de Israel, porque en España no había. Además, ya no me retenía nada en aquel agujero; la única persona que me importaba y a la que yo le importaba, había desaparecido para siempre.

Planifiqué mi fuga concienzudamente, la organicé y pregunté a otras niñas que se habían fugado: ¿cómo las descubrieron? Una chica que era de Guipúzcoa, me explicó que desde Irún podía pasar nadando hasta Hendaya, que no había más de cien metros. Con toda la información que recogí de las experiencias de las otras niñas comprendí que, si quería lograr mi cometido, debía huir a pie, nada de trenes, coches o autobuses. Tenía que recorrer la distancia andando y sin confiar en nadie.

En la malísima biblioteca del centro encontré un mapa de carreteras, y gracias a mi memoria lo aprendí, palmo a palmo, todos los nombres de las carreteras que debía transitar desde Madrid hasta llegar a Irún. Grabé aquel mapa en mi memoria, hasta tal punto que hoy todavía sería capaz de volver a repetir los nombres de las carreteras.

Y llegó el día de escapar. Hui después de la cena de las monjas que se ponían a ver la televisión, eso me proporcionaba ocho horas sin que detectaran mi fuga. Caminé durante muchos días por la noche, bordeando las carreteras por medio del campo y guiándome solo por las luces de los coches. No fue fácil ni divertido, fue duro y difícil, pero estaba convencida de que mi meta era el final del túnel y lo logré.

Conseguí llegar a Irún sin ser detenida y pasé a Francia el 20 de noviembre de 1975, justo el mismo día en que Franco moría. Ese dato me ayudó a conseguirlo, pues todos estaban demasiado preocupados por los posibles problemas y yo solo era una niña, en la que nadie se fijaba.

Ese mismo año llegué a Israel, a la casa de un rabino que había estado en el mismo campo de exterminio que mi padre. Aunque adoro mi país de adopción, no voy a mentir, no fue fácil allí tampoco, aun así, mi vida mejoró mucho.

Lo primero que descubrí al llegar a Israel, fue que los gatos, vayamos a donde vayamos, no dejamos de ser gatos. Mi experiencia anterior me empujó a ser cauta. Si bien me sentía feliz de que mi vida hubiera cambiado de una manera tan radical, quería saber qué se pensaba en mi entorno con respecto al amor entre mujeres, pero eso sí, sin ser descubierta.

Para mi desilusión diré que no había diferencia entre aquellas monjas y las leyes que me aguardaban en mi país de adopción. Ese descubrimiento, junto con el hecho de que me enfrentaba a un país nuevo, un idioma distinto y una forma distinta, hicieron que me dedicase a estudiar, pasando todo mi tiempo en intentar aprender el idioma y recuperar los años de estudios perdidos.

El día que mi vida giró totalmente fue cuando conocí a Sarit. Ella venía de Tel Aviv y de una familia totalmente moderna, acostumbrada a ser ella misma y sin necesidad de ocultarse para nada. En un principio fue como el choque de trenes, pero mi belicosidad no la engañó y una noche, al final, tuve que decirle la verdad. A partir de entonces, Sarit me ayudó, apoyó y se convirtió en mi mejor amiga, realmente hasta tal punto que hoy sigue siendo mí mejor y más querida amiga. Pasamos por muchos momentos, desde ser amantes durante dos años, hasta que fuimos enviadas al campamento del ejército y de ahí a nuestras obligaciones.

Cuando fui enrolada en el ejército, creí que ya tenía más que definida mi tendencia sexual, pero todavía tendría que descubrir algo que hasta ese momento no había sabido. Como lo definiría Sarit; era rara entre los raros. Descubrí que no era lesbiana, como siempre había creído, que realmente era bisexual y lo fui a descubrir con dos compañeros de unidad que también eran bisexuales.

Los tres tuvimos que hacer frente a la incomprensión familiar, social e incluso a la incomprensión de nuestros amigos. Pero los tres estábamos donde queríamos y nada consiguió hacernos cambiar. Y sí, mi vida mejoró muchísimo.

No voy a contar qué ocurrió, pues me extendería tan largo que sería aburrido, pero si aclararé que al final terminamos viviendo los tres juntos. Este hecho levantó incomprensión entre los “normales”, pero también en la propia comunidad LGTB.

A pesar de que Sarit fue siempre mi amiga incondicional, tuvimos más de una larga noche de discusión sobre el tema. Ella no lo entendía y pensaba que era algo pasajero. Pero, a pesar de lo que Sarit y otros amigos pensaron, los tres seguimos juntos durante quince años.

Hoy vivo en Barcelona por razones personales. Soy programadora de videojuegos en paro, que se dedica a escribir novelas de intriga y románticas. Para ganarme la vida trabajo de camarera en una cafetería y espero algún día publicar en una editorial seria mis novelas, que, en el fondo, y a pesar de que son de fantasía, también son parte de mi experiencia.

Sé que mi vida no es un ejemplo perfecto de cómo sobrevivir pacíficamente a la incomprensión que la sociedad se empeña en colgarnos. No justifico la violencia gratuita ni creo que se deba utilizar en todo; por el contrario, creo que se pueden alcanzar muchas cosas por la vía del dialogo. Pero también sé que, a veces en la vida, es necesario hacer frente a aquello que más nos asusta para liberarnos, y eso no siempre se puede hacer de una manera pacífica. Aunque cada uno de nosotros somos distintos y no todos podemos ser pacíficos o reírnos de los insultos.

Sin embargo, sí me queda clara una cosa: podía haberme rendido. Nadie lo habría sabido, excepto yo. A nadie le hubiera importado, porque estaba totalmente sola. Tenía todas las cartas para que tirara la toalla. Aun así, preferí luchar y no por la vía pacifica, preferí enfrentarme al peligro y no porque no tuviese miedo, estaba muerta de miedo, sino porque no podía retroceder.

Aposté por la vida y gané. It Gets Better.

Leah