Jon – 22 Años

Cuando la represión viene de uno mismo

Hola amigo o amiga,

Puede que tengas muchos motivos para haber accedido a leer mi historia. Tal vez vayas en busca de referentes; tal vez necesites comprobar que no estás solo; tal vez vayas en busca de consejo o simplemente deseas conocer experiencias vitales de otras personas en busca de respuestas. Sea como sea, comparto mi historia con la esperanza de que te pueda servir de algo, mucho o poco; de que te pueda aportar algo… Yo también busqué historias de otros, en ocasiones, con el deseo de que me ayudaran a tomar impulso y construir la mía propia desde la libertad que durante una etapa no tuve.

Me llamo Jon y tengo casi 23 años. Hace un año que me gradué de la Universidad y actualmente curso un máster que compagino con un trabajo. Mi vida no dista mucho de la de cualquier persona de mi edad. De hecho, creo que nada. En ocasiones, incluso, me resulta en exceso convencional. Siempre se puede (y creo que debe) mejorar, pero me siento bastante afortunado. Hubo una etapa en la que esto no fue así, una etapa en la que mi realidad (o al menos la realidad que yo percibía) distaba mucho en mi mente de ser convencional; porque yo no era convencional, era diferente al resto de chicos que me rodeaban. Odiaba sentirme diferente al resto y todas las dificultades que ello conllevaba.

Nací y crecí en un pequeño pueblo del interior de Euskadi, con no más de 10.000 habitantes, en una familia corriente de clase trabajadora. Vivíamos una vida sencilla, sin grandes lujos, pero cómoda. Afortunadamente, nunca he sabido lo que supone sufrir el paro o la falta de ingresos. Jamás me faltó nada. Siempre me fue bien en los estudios y me sentía querido por amig@s y familia. Nunca sufrí ningún episodio difícil, como la separación de mis padres ni nada por el estilo, hasta que llegó la adolescencia.

A partir de los 13 o 14 años comencé a apreciar mi «diferencia», pongo las comillas porque en realidad no me gusta llamarlo así. ¿Quién no es diferente al resto por una cosa o por otra? Todos lo somos por uno u otro motivo… Los chicos de mi alrededor comenzaban a salir con chicas, mientras mi interés por ellas era inexistente. No sucedía lo mismo en el caso del sexo masculino evidentemente. Tampoco le concedí mayor importancia ni me paré a pensar en por qué me fijaba yo en los chicos más mayores que jugaban al fútbol durante el recreo o veía en la piscina. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo y crecía, me sentía cada vez menos cómodo en mi grupo de amigos. Las chicas eran tema de conversación omnipresente y me invadía una fuerte sensación de estar fuera de lugar cada vez que salía. Tampoco mis aficiones eran iguales a las del resto.

Con el tiempo asumí cual era mi realidad: era gay y me tocaba afrontarlo. A los 16 no me veía capaz de enfrentarme a esa realidad y experimentar de forma natural lo que corresponde a un adolescente de esa edad. Probablemente, el hecho de haber vivido una vida tan cómoda hasta entonces me incapacitaba para ello, y se trataba de la primera gran «adversidad» a la que me enfrentaba. Ojalá esta sea la mayor a la que me haya tenido que enfrentar… A mi sentimiento de diferencia con respecto al resto de jóvenes de mi entorno empezó a sumarse el miedo, la incertidumbre, la falta de valentía para asumir y enfrentarme a la realidad que me había tocado vivir. Ni se me pasaba por la cabeza con 16 años contarles a mis padres la verdad, mucho menos a mis amigos y amigas, o compañer@s de clase. Eso me llevó a encerrarme en mí mismo, a meterme poco a poco en un agujero de soledad, miedos y sentimientos encontrados. Todo ello, sin haber vivido jamás en mis carnes la homofobia, jamás sufrí bullying o acoso escolar por mi condición de «diferente».

A pesar de esas emociones negativas que me asaltaban, durante los siguientes 2 años más o menos, comenzaron a aflorar también los sueños, aspiraciones, el deseo de experimentar aquello de lo que los chicos heteros de mi entorno disfrutaban. Yo también quería ligar, conocer chicos, besar, pasármelo bien…, todas esas cosas que forman parte de la adolescencia y del desarrollo personal de cada uno; y el salto a la Universidad, esa nueva etapa rompedora, era una buena oportunidad. Tal vez había madurado algo y las ansias de una vida plena comenzaban a vencer al miedo. Armado de valor, en menos de 3 meses «salí del armario» (en realidad detesto esta expresión, pero para que nos entendamos…) con amigos, familiares y demás personas de mi entorno.

El resultado: aceptación total. No sé lo que es sufrir el rechazo por ser gay, y sigo sin saberlo. Varios años de mi vida desaprovechados por miedo y falta de coraje. No era mi entorno quien me reprimía, era yo mismo. Yo solito me impedía ser feliz durante aquella etapa de mi vida, en la cual nada ni nadie me reprimía. Ese ha sido mi mayor aprendizaje: comprender que a menudo somos nosotros mismos los que frenamos e impedimos el desarrollo de nuestras aspiraciones. La vida pone demasiados límites como para que nos los pongamos también nosotros mismos.

Al poco tiempo de aquello conocí al que es mi novio desde hace ya 2 años, ahora vivimos juntos y siento que no podría irme mejor.

Puede que las circunstancias dificulten el IT GETS BETTER, pero no lo dificultes tú mismo como hice yo.

Jon