Eliana María – 24 años

Un largo camino

Antes de empezar, quiero dejar claro que lo que voy a contar a continuación es mi versión de los hechos. Estoy segura de que las personas involucradas tendrán su versión, pero esta es la mía, la que recuerdo y la que yo sentí.

Me llamo Eliana María, soy hija única y actualmente tengo 24 años. Mi acoso escolar o bullying, o cualquier otro nombre que queráis ponerle, duró desde mis 6 años hasta los 14, cuando decidí irme del instituto por agotamiento.

No recuerdo exactamente cómo empezó; no recuerdo si fui yo o ellos. No recuerdo tampoco si es que dije o hice algo malo. Solo recuerdo que un día de carnaval llegué a clase y allí me hicieron un comentario, con risita incluido. No le di mayor importancia en el momento, pero era la señal de lo que iba a suceder. En poco tiempo, y sin darme cuenta casi, me convertí en el blanco de las bromas, de las mofas y las risitas. Entonces se lo dije a mi madre, pero el consejo que me dio parece que hizo más daño que bien. Ella me dijo que los ignorara, que si veían que no les hacía caso, me dejarían en paz. Al contrario, fue a peor.

Dejé pasar un tiempo a ver que tal, y cuando llegué a los 9 años, mi alma o lo que sea, estaba tan cansada y pesada, como la de una anciana, por no decir que la visión que tenía de mí misma era la de una vieja. Estaba cansada, todo me resultaba indiferente. Fue entonces cuando empezó mi andar nocturno, me sentaba en la cocina y me ponía a ver el reloj. Todavía hoy recuerdo el nerviosismo que sentía cuando veía lo poco que quedaba para el amanecer. Como no podía dormir empecé a tomar unas pastillas que me regalaban mucho (no diré marcas). Todas las noches me tomaba una, hasta que mi madre un día fue a tomar una y, viendo la caja casi vacía, me regañó. Recuerdo que me dijo: «¿Estás loca? ¿No sabes que te puedes intoxicar y morirte?».

Espera que me preguntara «por qué lo hacía», pero ninguno de los dos lo hizo. Mi padre lo único que hizo al día siguiente fue decirme que le prometiera no volver hacerlo. Por supuesto que eso me cabreó y dije claramente al marcharme un «no» y me fui. Del tema no se volvió hablar. Las cosas seguían igual y, aunque volví otra vez a hablar de lo que me hacían, nadie parecía darle importancia, como si estuviera haciendo una bola de un granito. Todos me decían: «¡Eso no es nada!».

Una noche que estaba en la cocina cogí un cuchillo. Ya lo había hecho antes, pero no me atrevía hacerlo hasta esa noche que estaba 100% decidida a acabar con todo. Ya no podía más, era yo la que estaba sufriendo y no entendía qué pecado había cometido para sufrir así. Pero, cuando ya había pedido mentalmente perdón a mis padres por el dolor que les iba a dar, apareció en mi mente como una revelación la idea que salvó mi vida: cómo me hubiera gustado ser madre, desearía ser madre. Con esa idea en la cabeza, que se convirtió en una meta en la vida, volví a dejar el cuchillo en su sitio y me preparé para un nuevo día. Me di cuenta también de que estaba sola y dejé de mencionarlo para sufrir en solitario.

A pesar de todo, había veces que me costaba no pensar en cosas malas. Incluso llegué a pensar en quitarles la vida, pero pensaba en que cuando tuviera hijos, ellos se avergonzarían de tener una madre con las manos manchadas y las cosas malas desaparecían. Ya en casa, cuando estaba sola, me desahogaba conmigo misma, de la frustración que sentía. Me tiraba del pelo, golpeaba la pared, me daba contra ella y gritaba.

La Primaria pasó y llegué a la Secundaria. Durante ese tiempo estuve tranquila, porque el destino me dio días de paz. En 6º curso repetí, mi clase pasó al instituto y yo me quedé en el cole, en una nueva aula con nuevos compañeros. Me costaba abrirme un poco, porque no estaba muy acostumbrada a ser social. Sin embargo, cuando llegué a 2º de ESO, tuve la mala suerte de que los que me habían hecho la vida insufrible, cayeran en mi clase. Como era un poco más mayor, mi timidez había desaparecido un poco -he dicho un poco-, así que esta vez respondía sus agravios, pero la situación era cada vez más insoportable y cada día se volvía más negra.

Mis padres hablaron sobre lo que ocurría con todo el personal del centro y, cuando ellos no podían molestarme, enviaban a sus amigos. Recibía tiros por todos lados, insultos, mofas; a veces, incluso, me tiraban trozos de goma o papel, etc. Ya no podía más. ¡Me estaba volviendo loca! Incluso un día en clase llegué a gritar golpeando la mesa pidiendo que me dejaran en paz. Ese día sentí que algo se había derrumbado dentro de mi ser y dejé de ir a clase. Me sentía como si me hubieran dado una paliza, como un boxeador al que dan un puñetazo en el ring dejándolo trastornado… Solo quería acostarme y estar a oscuras. Y lo peor fue el agobio del profesorado cuando dejé de ir al centro. Uno me dijo «¿qué vas a hacer cuando seas grande y te pase lo mismo; vas a salir huyendo también?» y otro dijo: «¡No pasa nada! Hay una niña a la que llaman negra de mierda y sigue viniendo». Esto último me dio ganas de ponerme delante de un coche, por no decir que sentí al coche atropellándome en mi mente.

De todas maneras, no volví al centro. Estuve 3 años después de eso con una psicóloga, que me ayudó mucho. Actualmente sigo reconstruyéndome, poco a poco, y aún tengo mucho trabajo interior por delante. Como he titulado este post, es un largo camino. También retomé mis estudios y actualmente hago 2º de Bachillerato.

Ya sé que mi historia no es la mejor del mundo, pero el mensaje que quiero transmitir espero que esté claro: que a veces un mal momento en la vida nos impide ver hacia adelante. En medio de todo cuesta ver que todo pasará. Pero ahora, cuando entro en la cocina y veo ese cuchillo, me río de lo tonta que fui y de la tontería que hubiera hecho si en ese momento no hubiera tenido algo a que aferrarme.

Los sueños pueden ser ilusiones y de ilusiones se vive, y a mí me hizo vivir. Algún día estará entre mis brazos como tanto lo deseo, por eso quiero que toméis nota y escojáis un sueño que podáis convertir en vuestra meta en la vida, sea cual sea. Lo importante es tener una ilusión por la cual vivir.

Espero gratamente que esta historia os ayude. Me despido de vosotros, deseandoos suerte y, sobre todo, mucha fuerza. IT GETS BETTER!

Eliana