Siempre he vivido dentro de mi cabeza. Mis circunstancias personales hicieron que durante muchos años buscara refugio en la ficción (la literatura, sobre todo), que desde entonces se convirtió en mi lugar santuario. Un santuario de papel y tinta, o de veinticuatro fotogramas por segundo, porque el cine fue también mi otra gran escapatoria, naves con destino a otro lugar que no fuese aquí (mi aquí de entonces).

Desde bien pequeña supe que me gustaban las chicas. A los 8 años me enamoré de la primera de ellas, una niña de otro colegio que durante un tiempo estuvo viniendo al nuestro junto a sus compañerxs, por no sé qué problema en su comedor escolar.

"Su pelo era claro, recogido en una doble coleta trenzada. Pantalón de pana, camisa blanca. Es todo lo que recuerdo treinta y cinco años después. No, su rostro no. Quiero creerlo limpio, claro como el color de su cabello. Era una niña, y yo también. La primera chica de la que me enamoré. Ocho años, un patio de colegio, un sentimiento arrasador. La acechaba en los recreos, nunca supe quién era, ni su nombre. Recuerdo querer volar. Cogerla de la mano y lanzarnos las dos al viento; que nuestros cuerpos danzaran en la corriente, serpentearan libres de toda ancla. Todo lo que entonces sentí terminó, pero su recuerdo permanece en mí como el primero. Eso nunca se olvida. Desear que no acabe nunca, que se haga eterno, que se convierta en el todo, en lo único. Creí que la vida me dejaría hacerlo. Volar. Durante demasiado tiempo me dejó en tierra".

Esa niña fue la primera, mas no la última. Jamás sentí atracción por ningún chico y las tonterías con ellos por aquella época no obedecían más que a lo que se esperaba que debía ser y hacerse. Nunca lo conté, nunca dije nada. Pasé toda mi infancia, adolescencia y prácticamente juventud con el silencio como único camino. En mi caso, no hubo bullying, no al menos externo. Yo misma fui mi propia acosadora. Todo nacía y moría en mí. No me atreví, sencillamente. No fui capaz.

"No he hecho nada, pero siento miedo, vergüenza y culpa. Algo va muy mal en el mundo si una chica de diecisiete años se siente así solo por amar".

No sé qué habría pasado de haberlo hecho, y supongo que ahora ya es demasiado tarde para hacerse esa pregunta. Solo sé que mi silencio autoimpuesto me convirtió en la niña que veía la vida desde una esquina, la que soñaba cuentos imposibles oculta bajo la frágil protección de una sábana. La que vio pasar infinidad de corazones frente a ella, solo para decirles adiós sin siquiera haberles podido decir hola.

Ni lo intenté. Tenía muy asumido que esa opción no existía. Era finales de los años setenta, principios de los ochenta. En mi caso, nunca hubo un temor fundado en amenazas concretas, pronunciadas en voz alta. Simplemente, no se hablaba de ello, no había referentes positivos, no había adónde acudir, no había hacia quién girarse.

"Es lo primero que aprendí. A esconderlo en un puño cerrado tras la espalda, mientras los demás lo mostraban en su palma abierta. A no pronunciar determinadas palabras, sentimientos, anhelos. Aprendes que callar es la mejor opción, porque el silencio es la norma. Una norma que debería estar en el banquillo de los acusados, trabada por cien cadenas. Por delito de desamparo sentimental. Por condenarnos a vivir en voz baja, a vivir una vida amputada. ¿Qué campo de miseria sembró en nosotros semejante cosecha de negación? ¿A quién hemos de señalar con el dedo?
Recitaría de corrido mi lista de acusaciones:
Nunca cuchicheé al oído con mis amigas sobre la chica de 6º A.
Nunca tuve la oportunidad de declararme a ninguna.
Nunca paseé de la mano con mi novia al salir de clase.
Nunca ningún adulto me tomó el pelo preguntándome si ya tenía novia, si llevaría a mi chica a cenar, si contaban con ella para la celebración, cualquier celebración.
Nunca pude volar y la niñez terminó y la adolescencia se perdió y esa amputación, esa obligación de espiar desde la sombra lo que a otros se permitía gritar a pleno pulmón, mutiló una parte vital de mí.
No nos dejaron volar y yo acuso: tú, tú y tú".

Hoy sé que, en el fondo, no hay mayores cadenas que las que una misma se forja con sus temores.

"Muchos y muchas hemos llegado agotados hasta aquí, no pueden no entenderlo, no pueden dejar de comprender que las dudas formaran parte también de nosotros, pero no porque nos rechazáramos per se, sino porque nos enseñaron a hacerlo".

Pero un día abrí la mano, salí al centro de la calle, dejé de susurrar. Y paré a uno de esos corazones. Hoy, cuarenta años después, aquella niña callada que espiaba a escondidas a esa otra niña de camisa blanca ha encontrado el camino desde el interior de su cabeza, ha recolectado todas aquellas semillas que le ayudaron a evadirse y las ha plantado en forma de historias. Ha encontrado su voz.

"Estaba en mi mano levantarme, echar a andar, olvidar o guardar a buen recaudo todo aquello, donde no pudiera dañarme. ¿Qué le digo? ¿Que es culpa suya también esta Nuria seca y escurridiza? ¿Que no solo estoy hecha de lucha y pérdida, sino también de estancamiento? A lo primero, reivindiqué, le pude gritar: quedaos con vuestro silencio, vuestra homofobia, tragaos vuestro odio, vuestro menosprecio, vuestra puerta de atrás. Malgasté años en comprender, asumir, resurgir, gritar a pleno pulmón, despojándome por el camino de todo el lastre de una educación, de un sistema, de una sociedad marchita y caduca, como si de un pellejo pútrido e infeccioso se tratase.
Pero lo hice; estoy aquí. Soy mujer, soy lesbiana. Soy. Estoy. Me quedo y grito. Os lo digo a la cara.
Por mí, por esa niña de ocho años que nunca le preguntó a esa otra niña de camisa blanca su nombre. Por la adolescente que no tuvo ninguna oportunidad. Por la joven que nunca llegó a ser. Por la mujer que se marchitó esperando su momento.
Por ti".

No seáis lxs dueñxs de vuestras cadenas, sino de vuestra libertad. Porque se puede. Porque todo mejora. It gets better!

*[Los párrafos entrecomillados pertenecen a mi novela Elisa frente al mar, la forma que encontró mi interior para dar salida a todo aquello. Una historia que denuncia, entre otras cosas, la homofobia, tanto externa como interiorizada].

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