Desde los 12 años sospechaba que algo era diferente en mi interior a lo “normal”: sentía atracción por ambos sexos. Primero me enamoré platónicamente de una chica llamada Roxana, cantaba precioso y me parecía lo más cercano a un ángel en la tierra, era muy atractiva para mí y me encantaba bailar con ella en las fiestas del Instituto. Pensaba noche y día en ella. Pero me atormentaba sentirme también atraído por los chicos mayores.

En el colegio me hicieron bullying por tímido, por no jugar futbol, por mis buenas notas y por no tener novia. Esas experiencias me crucificaron el alma, me dejaron con una culpabilidad tremenda. Me sentía sucio, avasallado y decepcionado de la vida, tanto que empezó a manifestarse físicamente a través de problemas en la piel. Me curé el día que le pude contar a mi madre y a mi padre a los 34 años todo lo que me había pasado en mi niñez y sobre todo en la adolescencia. Ese día emprendí mi aceptación como bisexual. Pero el camino hasta allí no fue nada fácil…

Mi conciencia social y la realidad social de la Centroamérica de la década de los setenta del siglo XX, me llevaron a querer convertirme en misionero dentro de una congregación religiosa. Eso acentuó mi tormento de conciencia, sin saber qué hacer con mi condición bisexual.

Mi rebeldía interior se transformó en una lucha incesante por los excluidos, por las gentes de las periferias y chabolas, aderezados con mis estudios filosóficos y teológicos en universidades influenciadas por la Teología de la Liberación.

A los 21 años me enamoré de un seminarista venezolano, que me había contado que era gay, pero el solo me quería de amigo. Y también me enamoré de Margarita una chica de la pastoral juvenil. Todo era muy angelical. Debido a tal crisis, mi director espiritual decidió que debía terminar los dos últimos años de teología en Costa Rica. Todo fue bien y me ordené sacerdote en diciembre de 1987.

A pesar de eso, en Panamá tuve mi primer novio gay. Aquello se supo y me castigaron enviando a un superior que vigilaba cada uno mis pasos. Y me enviaron a estudiar a Madrid, con 29 años, donde me decidí a estudiar ética teológica. Un año más tarde abandoné el sacerdocio, pero igualmente acabé mi licenciatura en Teología Moral. Después seguí con mi doctorado, pero ya hacia una ética sin religión.

En eso días de libertad nocturnas conocí a mi esposa Maribel en una discoteca. Fue un enamoramiento profundo e inteligente. Le conté mi vida, me aceptó y nos amamos con locura. Nos casamos por lo civil un 14 de abril de 1997. De novios decíamos que si por su edad, no podía tener descendencia, adoptaríamos. Así sucedió, y adoptamos por proceso internacional a nuestros hijos Oscar Y Paola. Al mes de traerlos de Colombia, a ella se le declaró un cáncer de mama con metástasis. Nos duró con la enfermedad tres años y medio. Murió joven y con la vida por delante hace doce años. Siempre hice de padre y madre. En el último año antes de morir me suplicó que nos separáramos para que no fuera duro el futuro para ambos. Acepté a regañadientes.

A los nueves meses conocí a Miguel Ángel mi actual pareja. Se lo presenté a Maribel y a mis hijos. Les dimos juntos la explicación: “Papa es bisexual, le gustan las chicas y los chicos, y ahora tiene un novio”. Todo con normalidad y suave. Yo seguiría cuidándola a ella y a nuestros retoños como siempre. Murió a los 3 meses de estar yo de novio con Miguel. Fue muy duro para todos. Oscar tenía 9 años y medio, y Paola 7 años y medio.

Miguel ya vivía con nosotros y le leía cuentos, estaba con ellos, les cocinaba. Y empezaron a decirle papá. Y a mí me decían siempre papi. Todo natural. Lo único que me preocupaba era que mis hijos estuviesen bien, a gusto, y que mi novio fuera un padre también perfecto.

En seguida habíamos fundado una familia homoparental que ya tiene doce años. Hoy Paola tiene 21 años y es madre. Y nosotros ya somos abuelos. Oscar, en tanto, es feliz a sus 22 años con su novia. Todos juntos seguimos viviendo como familia homoparental.

Para que veas que, a pesar de todas las dificultades y lo difícil que parece todo, it gets better!

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