Dos tulipanes en la maceta

El encierro me permite apreciar cada espacio de nuestro apartamento, he contado baldosas, platos, vasos y ventanas una y otra vez. Sé distinguir los tonos de pintura de la pared; me he dado cuenta de que no es el mismo tono en toda la casa. Juraría que hay ciertos tonos amarillentos en la cocina mientras que el baño tiende al marfil. Incluso diría que algo ha golpeado la puerta, no recuerdo ver esa marca antes. Tus ojos miran al techo escuchando mi trepidante historia sobre los menesteres de nuestro hogar (por cierto, se está fundiendo una de las bombillas del techo, cari, ahora que me doy cuenta). Afectuosamente, mientras te ríes, me das un manotazo en un hombro. En ese momento, mi vista se dirige a mi lugar favorito de la casa.

El salón, la habitación más grande en la que tenemos algún cuadro pintado por amigos, el sofá y la televisión, se hace especial con la presencia de esa mesita. Esa mesita que trajiste de una tienda de segunda mano, todavía no entiendo cómo he pasado de que no me gustara nada a sentirme fascinada por este pedazo de madera pintada con cuatro patas. Creo que cambié de opinión al ver que traías una macetita con unas semillas de tulipán que viste en el supermercado. De todas formas, no sé decirte que no desde que me pediste salir en la Línea 5 del Metro de Madrid; te bajaste en Chueca y yo seguí hasta Callao, el vagón entero me miraba extrañado por mi alegría. Si en aquel momento que me morí de vergüenza no me negué, mi primer “no” no sería sobre decoración del hogar.

Tengo que decir que elegiste la ubicación perfecta, frente a la ventana principal de la casa. Nuestro jarrón permanece quieto mientras el día transcurre, he hecho ya un montón de fotos. Sin embargo, falta una de nosotras dos juntas, dándonos un beso con esa maceta que simboliza nuestro amor. Una maceta que cuidas con tanto mimo, una maceta que no ceso en vigilar.

Este encierro nos afecta la verdad, hemos discutido alguna vez, pero es normal. El nerviosismo y la duda dominan el ambiente, pero en nuestra calle la creatividad se posa en cada balcón. Se hace todo más llevadero oyendo músicos anónimos, jugando al hundir al bingo y saliendo a aplaudir a todos los héroes y heroínas del momento. Dentro de casa, trabajamos mucho, pero encontramos tiempo para nosotras mismas. Te observo pintar mientras repaso borradores de ideas que escribí hace años. Al final del día, acabamos leyendo juntas el mismo libro u ojeando aquel álbum de fotos de las últimas vacaciones en Malta.

(También hacemos más el amor, no todo va a ser discutir, trabajar o dedicarse a las aficiones. Estoy disfrutando lo que no he disfrutado en mi vida).

En una de estas miradas furtivas, vi un rayo de luz entrar por la ventana que me dio una gran idea. Los armarios atesoran la ropa que llevábamos en nuestra primera cita, en una caja atrás del todo hay un cofre con bisutería que llevabas antes de vivir juntas. Entras por la puerta, recién levantada, con ese pijama de unicornios tan entrañable y te lo propongo. La idea de recrear nuestra primera cita te arranca la primera sonrisa de la mañana. Nos emocionamos juntas, nos besamos durante un largo rato.

Te pasaste todo el día en la cocina, olía a nuestro pastel favorito, red velvet. No todo iba a ser dulce, la ensalada especial y la carne en salsa eran estupendas. Yo había pasado el día haciendo un montaje con todas las fotos furtivas que había captado de los tulipanes, los veía crecer y hacerse más fuertes. Cada uno tan distinto, siendo una combinación perfecta, una metáfora floral de lo nuestro.

Llegó la hora, desde nuestro salón viajamos a aquella cafetería en la que se nos pasaron las horas hablando. Te enseñé el montaje, estabas encantada, pero te dije que todavía faltaba una foto. Tú no entendías, cogí la maceta, puse carita de traviesa y te pedí un beso para la posteridad. Nuestra mejor foto, no puedo esperar a comprar un marco y ponerla al lado de esta maceta tan fotogénica.

Así viajamos sin querer a aquella farola en la que nos besamos por primera vez, este encierro ha liberado los recuerdos. Esta cita tampoco la olvidaremos.

Por Inés Monteagudo

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